Del estadio para la ciudad: La Banda Tricolor, una barra social y popular construyendo participación y diálogo en políticas públicas con el suroccidente colombiano

Santiago Sebastián Salazar López
Miguel Sebastián Bolaños Cossío

Santiago Sebastián Salazar López. Doctor en Investigación en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede académica México; colombiano. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4941-8489 . Correo: Santiagosalazar9512@gmail.com

Miguel Sebastián Bolaños Cossío. Maestro en Gobierno y Asuntos Públicos por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede académica México; mexicano. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-2416-9180 . Correo: sebastian.cossio44@gmail.com

Recibido: 13 octubre · Aceptado: 29 noviembre 2025 · Publicado: 2026
DOI: https://doi.org/10.69509/p0wvw791

Resumen

El barrismo social en Colombia se entiende como una propuesta de convivencia y construcción de prácticas ciudadanas que trasciende el campo de juego, abarcando acciones sociales, culturales y comunitarias. Este estudio analiza el caso de La Banda Tricolor de Pasto, un actor social organizado que busca transformar su entorno mediante la participación y la articulación con la institucionalidad, sin perder su identidad colectiva. El objetivo es comprender cómo este movimiento incide en políticas públicas desde un enfoque bottom-up, mediante procesos coproducidos y cocreados, fortaleciendo la participación social, la organización comunitaria y el liderazgo juvenil. La investigación se basó en un enfoque cualitativo con más de ocho años de trabajo de campo, incluyendo observación participante y no participante, entrevistas, etnografía y revisión documental. Los hallazgos muestran que La Banda Tricolor ha transformado experiencias barristas en políticas públicas, incidiendo como formuladores, hacedores y ejecutores de políticas, desdibujando los límites tradicionales entre Estado y sociedad, entre conocimiento técnico y saberes locales. El Programa Departamental de Barrismo Social, actualmente en ejecución en Nariño, materializa estos procesos bottom-up, integrando la participación barrista en la planificación y ejecución de estrategias deportivas, culturales y comunitarias, consolidando un modelo de política pública complementario y sostenible.

Palabras clave: Implementación, Bottom-up, Barrismo Social, Banda Tricolor, Pasto.

Abstract

Social fan culture in Colombia is understood as a proposal for coexistence and the construction of civic practices that transcend the playing field, encompassing social, cultural, and community actions. This study analyzes the case of La Banda Tricolor de Pasto, an organized social actor that seeks to transform its environment through participation and coordination with institutions, without losing its collective identity. The objective is to understand how this movement influences public policy from a bottom-up approach, through co-produced and co-created processes, strengthening social participation, community organization, and youth leadership. The research was based on a qualitative approach with more than eight years of fieldwork, including participant and non-participant observation, interviews, multi-sited ethnography, and documentary review. The findings show that La Banda Tricolor has transformed fan experiences into public policy, influencing policy makers, implementers, and executors, blurring the traditional boundaries between state and society, between technical knowledge and local wisdom. The Departmental Program for Social Football Fandom, currently being implemented in Nariño, embodies these bottom-up processes, integrating fan participation in the planning and execution of sports, cultural, and community strategies, consolidating a complementary and sustainable public policy model.

Keywords: Implementation, Bottom-up, Social Supporters, Banda Tricolor, Pasto.

Texto completo

Introducción

Los procesos de implementación de políticas públicas desde un enfoque bottom-up permite analizar cómo actores locales inciden en la definición de problemas públicos, adaptar instrumentos y en la producción de soluciones institucionales. Este enfoque adquiere especial relevancia cuando se estudian casos en los que los actores comunitarios no solo participan en programas estatales, sino que contribuyen a su diseño, adaptación y ejecución, manteniendo la autonomía de sus propias prácticas y objetivos. En este contexto, un movimiento de barristas de fútbol, caso en concreto con La Banda Tricolor en Pasto, Nariño, ofrece un ejemplo singular de cómo un colectivo social organizado logra incidir en la política pública mediante la sistematización de experiencias, la negociación continua con instituciones y la construcción de proyectos de largo alcance.

Trascendiendo al fenómeno violento y problemático de las “barras bravas” con orígenes en los años sesenta en Argentina y con una extensión casi homogénea a nivel Latinoamericano (Szlifman, 2020), en Colombia, producto de la persecución sistemática del conflicto armado y la disposición entre diferentes barras para pactar por la no agresión y la convivencia, surgió el conocido “Barrismo social”, que se entenderá a partir de aquí como un movimiento social de origen colombiano que, siguiendo a Ramírez y Salazar (2021) comprende a “aquellas actividades y acciones que realizan los hinchas organizados que sobrepasan el campo deportivo y se introducen en temas de apoyo, lucha y ayuda en los ámbitos sociales (barrial, comunitario, societal) o político” (Ramírez y Salazar, 2021, p. 82). Las barras, al tomar como referencia toda la potencia de esta noción han sido capaces de incidir positivamente en sus territorios de emergencia, vislumbrando mejores paisajes que comprenden un despliegue de su accionar más allá de las tribunas o los estadios.

A pesar del reconocimiento creciente del barrismo social en el debate público, los análisis académicos que vinculan estos procesos con la implementación y coproducción de políticas públicas siguen siendo escasos. Por un lado, los estudios sobre barras y movimientos juveniles se han centrado en las dimensiones sociodeportivas, culturales, identitarias o de conflictividad. Por otro, la literatura sobre implementación bottom-up rara vez se ocupa de este tipo de colectivos como actores que definen problemas públicos y coproducen políticas. El reto analítico está precisamente en articular estos dos campos: comprender cómo un movimiento social concreto, desde un territorio periférico, entra en la arena de las políticas públicas y participa en su configuración.

El caso de La Banda Tricolor se inscribe en un territorio particular: San Juan de Pasto, ciudad del suroccidente colombiano, históricamente considerada periférica respecto a los centros políticos y económicos del país. Se trata de una ciudad andina de clima frío y accesos complejos, donde las distancias geográficas y simbólicas con el centro han sido, al mismo tiempo, obstáculo y motor para la construcción de procesos de organización comunitaria y autogestión. En este contexto, el Deportivo Pasto —un club modesto en el panorama del fútbol profesional colombiano— y su barra social y popular han tejido formas propias de vivir el fútbol, en las que la pasión por el equipo se articula con prácticas de solidaridad, trabajo comunitario y construcción de territorio. Como bien señalan las y los barristas, se trata de un proceso de “habitar la ciudad”: que combina la pasión futbolera con prácticas de cuidado del barrio, proyectos culturales y procesos de diálogo con instituciones que, lejos de ser indiferentes, se convierten en el núcleo de su propuesta de barrismo social.

Más allá de la violencia futbolera, que sigue presente en este ámbito como parte de expresiones confrontativas y de masculinidades hegemónicas asociadas a las barras como uno de los problemas centrales de sus expresiones (Ramírez, 2010), la experiencia colombiana —y en particular la de Pasto— ha mostrado que es posible construir otras formas de vivir el barrismo. La barra en cuestión es un ejemplo de ello: no se limita a ser un cúmulo de hinchas aglutinados en la tribuna, sino un colectivo que se organiza, gestiona proyectos y teje vínculos comunitarios desde el amor por sus pares, el equipo y el territorio. Sin embargo, esta emergencia de barras organizadas como actores sociales en el espectro institucional abre un nuevo problema: su participación suele ser ignorada o recibida con desconfianza, atravesada por trámites, filtros y lógicas de exclusión que refuerzan la imagen de Colombia como un país de oportunidades restringidas y reconocimientos condicionados. Las barras que buscan incidir en lo público deben demostrar una y otra vez su legitimidad y méritos para ser escuchadas, siendo significativo el desenlace en el que en este contexto logran abrirse paso y convertirse en interlocutores válidos en el campo de las políticas públicas. Por ende, nuestro objetivo de analizar cómo La Banda Tricolor incide en la construcción de políticas públicas desde un enfoque bottom-up, a través de procesos de cocreación y coproducción que convierten prácticas barristas en acciones institucionales y fortalecen la participación social, la organización comunitaria y el liderazgo juvenil, retoma con fuerza en la guía central de este artículo.

Reflexiones y puntos de partida teórico-metodológicos Este trabajo se inscribe en una estrategia cualitativa (Galeano, 2007) que combina etnografía, observación participante y no participante, entrevistas informales y revisión documental. Más que un estudio puntual, la investigación se apoya en más de ocho años de trabajo de campo acompañando los procesos organizativos de La Banda Tricolor que han permitido entenderle bien, observar la transformación de la barra, sus prácticas internas y su relación con la institucionalidad en distintos momentos. La elección de esta aproximación responde a dos consideraciones centrales. En primer lugar, al interés por comprender la experiencia del barrismo social desde la perspectiva de sus protagonistas, atendiendo a sus significados, tensiones y formas de organización cotidiana, En segundo lugar, a la necesidad de seguir de cerca los procesos mediante los cuales un colectivo barrista entra en contacto con actores institucionales, negocia con ellos y participa en la construcción de políticas públicas. Este tipo de dinámicas difícilmente puede captarse a partir de métodos exclusivamente cuantitativos o de investigaciones de corto plazo. El carácter etnográfico se tradujo en el seguimiento de prácticas y relaciones (Guber, 2001), en tres tipos de escenarios: 1) El estadio y sus alrededores, como espacio ritual y afectivo asociado al club y a la experiencia futbolera; 2) Los barrios y espacios comunitarios, donde se desarrollan actividades culturales, educativas, humanitarias y de convivencia; 3) Los escenarios institucionales, en los que se producen encuentros entre la barra y diversas dependencias estatales (mesas técnicas, reuniones de planeación, espacios de formulación del Programa Departamental de Barrismo Social, entre otros).

En cada uno de estos lugares se elaboraron diarios de campo, se registraron conversaciones y se recopilaron materiales producidos tanto por el autor como por la propia barra. A ello se sumó la revisión de documentos construidos a lo largo del proceso: actas de reuniones, relatorías, proyectos, el “Plan de Vida del Barrista”, versiones preliminares del Programa Departamental de Barrismo Social, piezas comunicativas y registros en redes sociales. Estos insumos permitieron reconstruir la trayectoria del colectivo y seguir el tránsito de sus prácticas comunitarias hacia su incorporación en instrumentos de política pública. El posicionamiento investigativo en el trabajo de campo también llevó a una investigación-acción-participación (Park, 1992) en muchas de las actividades de la barra y mantener una relación de cercanía crítica con sus integrantes. Esta doble condición exigió un ejercicio constante de reflexividad, tanto sobre los efectos de la presencia del investigador en los espacios barristas como sobre las lealtades, tensiones y expectativas que se producen al habitar simultáneamente el mundo de la hinchada y el campo académico. En esta línea, se incorpora también un componente autoetnográfico (Blanco, 2012), que reconoce la trayectoria del investigador como simpatizante del fútbol sudamericano y de la organización estudiada, sin renunciar a la distancia analítica necesaria. La reflexividad se trabajó mediante la escritura sistemática de notas personales, la contrastación de interpretaciones con otros participantes y la triangulación entre distintas fuentes de información.

El material empírico fue organizado a través de una codificación temática que permitió identificar categorías ligadas a la identidad colectiva barrista, la organización interna, la relación con la ciudad, la interfaz movimiento–Estado, la construcción del problema público y los procesos de cocreación y coproducción de políticas. Este procedimiento no buscó “forzar” la experiencia a un modelo previo, sino construir, desde los datos, una lectura que dialoga con los debates sobre implementación bottom-up, movimientos sociales y barrismo social. Es importante señalar que la investigación enfrenta límites y desafíos propios de este tipo de aproximaciones: dificultades para acceder a determinados espacios institucionales, persistencia de miradas estigmatizantes hacia las barras y tensiones derivadas de la posición del investigador. Sin embargo, estos retos, lejos de invalidar el estudio, iluminan los obstáculos y barreras que también forman parte del problema analizado: la forma en que un movimiento barrista organizado intenta convertirse en interlocutor legítimo en el campo de las políticas públicas.

Teóricamente: Una primera aclaración es una lectura necesaria de estas grupalidades desde otros ejes interpretativos, en ese sentido, no podemos netamente adscribirlos a una comprensión desde la socio-antropología del deporte, que, si bien es importante, no nos permitiría la comprensión de la potencia del caso a identificar, por ende, consideramos se necesitan otros ejes o epicentros del análisis. Dicho esto, habrá que definir en comienzo la noción de la que partimos sobre el movimiento social. Aunque la etiqueta de “Nuevos Movimientos Sociales” (con autores como Touraine, Offe o Melucci) ha sido criticada por la insistencia en lo “nuevo”, sus aportes siguen siendo útiles para pensar configuraciones colectivas que no encajan en el molde clásico del movimiento obrero o el partido político. Más que defender la novedad, interesa recuperar, como plantea Cefai (2011), que estas perspectivas permiten leer formas de acción que habían sido poco trabajadas por la teoría: movimientos juveniles, culturales, territoriales y, para el caso que nos ocupa, una barra de fútbol entendida como actor colectivo. En la propuesta de Melucci, estos movimientos emergen en el paso de la sociedad industrial a una sociedad más compleja e informacional, donde las luchas ya no giran solo en torno a la clase, sino también alrededor de estilos de vida, cuerpos, territorios e identidades (Tavera, 2000; Melucci, 2002). Desde un enfoque constructivista, Melucci subraya que un movimiento social no es un dato ni una unidad homogénea, sino un sistema de acción compuesto por distintos actores, relaciones, conflictos y colaboraciones que se despliegan en un campo de oportunidades y restricciones. En este marco, la identidad colectiva funciona como “cemento” del movimiento: una definición compartida y negociada del campo de posibilidades que se construye a través de la activación de relaciones sociales (Melucci, 2002). No es un rasgo fijo, sino un proceso dinámico que permite a las personas reconocerse como parte de un “nosotros”, percibir injusticias y sostener la acción en el tiempo. Esa identidad también delimita fronteras frente a otros y habilita formas de solidaridad y pertenencia, especialmente cuando hay adversarios o interlocutores con los que se disputa sentido. Como señalan Melucci y Massolo (1991), en los llamados nuevos movimientos sociales la identidad deja de ser solo una herramienta analítica y se convierte en uno de los objetos centrales de la lucha: lo que está en juego no es únicamente la distribución de recursos materiales, sino la posibilidad de nombrarse, de resignificar el propio lugar en el mundo y de disputar las definiciones hegemónicas. En este artículo, esta perspectiva nos resulta clave para entender a La Banda Tricolor no solo como un conjunto de hinchas, sino como un actor que construye identidad, comunidad y sentido alrededor de la ciudad, el club y el territorio, y que disputa las representaciones dominantes sobre el barrismo reducido a violencia.

Al comprender estas breves nociones sobre movimientos sociales y acción colectiva, es necesario situar al campo de las políticas públicas y, en particular, los enfoques que cuestionan la idea de un Estado que diseña “desde arriba” y una sociedad que solo recibe. Los debates clásicos sobre ciclo de política, formulación, implementación y evaluación han mostrado que las decisiones públicas son el resultado de interacciones complejas entre actores, niveles y racionalidades. En América Latina, esta discusión se ha enriquecido con miradas que subrayan la importancia de los territorios, los actores comunitarios y las experiencias de innovación social, dando lugar a perspectivas bottom-up donde organizaciones sociales, instituciones y, en algunos casos, la academia, comparten la tarea de definir problemas y construir respuestas colectivas. En la noción general, el ámbito de las políticas públicas se ha consolidado como un espacio de análisis orientado a comprender los procesos mediante los cuales los gobiernos toman decisiones y actúan frente a problemas que afectan a la sociedad. Desde los planteamientos de Lasswell, este enfoque adoptó una perspectiva multidisciplinaria para estudiar tanto el proceso político como las decisiones orientadas a resolver asuntos colectivos, entendiendo que los problemas públicos no son evidentes por sí mismos, sino el resultado de procesos de construcción social, disputa simbólica e intervención institucional (Aguilar, 1992; Foglia, 2015). Desde esta mirada, el análisis de las políticas públicas implica considerar no solo su diseño formal, sino también los mecanismos mediante los cuales ciertos asuntos logran ser reconocidos como problemas públicos dignos de atención estatal. En este punto, la formación de la agenda se revela como un proceso estratégico y excluyente. Como advierte Roth (2002), la agenda pública no incorpora automáticamente todas las demandas existentes; existen condiciones de acceso y mecanismos de exclusión que filtran qué temas ingresan al debate político y cuáles permanecen invisibilizados. Esta selectividad no es producto del azar ni de una racionalidad neutra, sino de las limitaciones estructurales de los gobiernos, que carecen de recursos y capacidad para atender la totalidad de los reclamos sociales (Oszlak, 1995). En consecuencia, distintos actores —movimientos sociales, sectores empresariales, grupos organizados— compiten por captar la atención del Estado, disputando no solo la inclusión de ciertos temas en la agenda, sino la definición misma del problema y las interpretaciones que se institucionalizan como válidas. La lucha por el reconocimiento del problema y la participación en su solución no se agota en el momento de la formulación; se extiende al terreno práctico, donde las políticas cobran vida y se enfrentan a las realidades locales. En este contexto, es crucial cuestionar no solo qué actores logran posicionar sus demandas en la agenda pública, sino también cómo estas definiciones del problema condicionan o pueden ser reconfiguradas durante su implementación.

Los estudios de implementación han transitado por diversas corrientes analíticas. Mientras que los enfoques tradicionales (top-down) conciben la implementación como una ejecución jerárquica de decisiones tomadas por actores centrales, los enfoques bottom-up desplazaron esta visión al reconocer el papel activo de los actores locales en la transformación de las políticas (Pülzl y Treib, 2007). Desde esta perspectiva, la implementación no es una fase técnica subordinada al diseño, sino un proceso social de interpretación, adaptación y resolución de problemas en contextos concretos. El enfoque bottom-up no se limita a describir la capacidad de los burócratas de nivel de calle para adaptar las políticas a contextos locales, sino que también permite analizar cómo actores sociales organizados, mediante estrategias de incidencia, mecanismos de cocreación y coproducción institucional, pueden redefinir las prioridades estatales desde sus propios saberes y necesidades. Esta apertura hacia una concepción más relacional, territorializada y participativa de la política pública desplaza el foco de atención hacia los espacios donde el Estado interactúa con las organizaciones sociales y los saberes locales.

Para poner en diálogo estos campos de literatura, habrá que señalarse esfuerzos que indagan en extender la propuesta, pues, no se trata de indagar si los movimientos “afectan” o no al Estado, sino de identificar cómo intervienen en el proceso de toma de decisiones. En esta línea, el trabajo de López Leyva (2012) es clave porque no se queda en la idea de impactos difusos, sino que propone pensar la influencia de los movimientos sociales a lo largo del ciclo de las políticas públicas. En lugar de medir solo resultados finales, el autor refiere a una influencia proactiva con capacidad de desplegarse en fases: acceso a canales institucionales, colocación de temas en la agenda de gobierno, incorporación (parcial o total) de contenidos impulsados por los movimientos y participación en la implementación de las decisiones adoptadas (López, 2012). Esta forma de mirar el problema permite ver que el “éxito” de un movimiento no es un todo o nada, sino algo que se juega en distintos niveles: puede abrir puertas sin lograr que su tema entre a la agenda, puede colocar el tema sin conseguir que la política adopte su propuesta, o puede llegar incluso a incidir en la formulación e implementación de una medida concreta (López, 2012). Cada una de esas fases señala un tipo de logro y exige capacidades organizativas y de negociación diferentes. Al mismo tiempo, la noción de influencia reactiva recuerda que los movimientos también pueden optar por el veto, la protesta y el rechazo a decisiones que perciben como excluyentes, según el contexto y las oportunidades que se abran o se cierren (López, 2012). En un registro cercano, Vélez Rivera (2014) profundiza en la conexión entre movimientos sociales y políticas públicas en contextos territoriales específicos. El autor muestra cómo los movimientos se convierten en factores de poder cuando logran articular sus acciones colectivas y repertorios con sistemas de decisión provistos por las políticas públicas, especialmente en escenarios locales como asambleas municipales constituyentes (Vélez, 2014).

En conjunto, estos aportes permiten articular dos planos que suelen estudiarse por separado. Por un lado, la comprensión de los movimientos sociales como sistemas de acción e identidad colectiva que construyen significados, disputan representaciones y se organizan como sujetos políticos. Por otro, el análisis de su participación en el ciclo de las políticas públicas y en procesos de diseño bottom-up, donde se cocrean y coproducen decisiones junto con instituciones y otros actores. Desde este cruce se ubica el caso que aquí se estudia: La Banda Tricolor como movimiento social juvenil que, desde un territorio periférico, no solo construye identidad y disputa sentidos sobre el barrismo, sino que también interviene en la definición del problema público, accede a canales institucionales y participa en la cocreación de un Programa Departamental de Barrismo Social, desdibujando las fronteras tradicionales entre Estado y sociedad.

Esta postura analítica implica repensar el lugar desde donde se produce el conocimiento sobre lo público. Ya no se parte de la idea de que los problemas sociales están objetivamente definidos en los textos normativos o en los planes de gobierno, sino que se reconoce que estos problemas son objeto de disputa, construcción y resignificación en el terreno, donde confluyen distintas racionalidades, intereses y formas de entender la acción estatal. Por ello, estudiar la implementación desde abajo implica no solo observar las prácticas de quienes ejecutan las políticas, sino también las formas en que los actores locales — funcionarios de nivel de calle, organizaciones sociales, comunidades afectadas— redefinen prioridades y estrategias de intervención, incluso desbordando los marcos normativos originales. Este enfoque resulta especialmente pertinente en contextos donde la política pública es cocreada y coproducida. En estos casos, la implementación se convierte en un espacio de negociación y disputa política, en el que las definiciones de los problemas, los medios para resolverlos y los criterios de éxito no son dados, sino construidos colectivamente en la práctica. Así, la implementación bottom-up cocreada y coproducida permite visibilizar formas alternativas de hacer política pública: más sensibles al territorio, más flexibles en su operación y, potencialmente, más legítimas para las comunidades involucradas.

La coproducción es la participación activa de ciudadanos en el diseño y/o implementación de servicios públicos durante la fase de producción, de manera que su aporte incida directamente en el servicio que reciben. La coproducción se refiere a la participación activa de ciudadanos en el diseño y/o la implementación de servicios públicos durante la fase de producción, de manera que su aporte afecta directamente el servicio que reciben. Puede ser individual o colectiva, y abarca tanto tareas centrales como complementarias del servicio. La coproducción se da “en el terreno”, involucrando la ejecución concreta de las acciones o la adaptación de los servicios a necesidades específicas de los usuarios (Brandsen et al., 2018). La cocreación se refiere a la participación activa de ciudadano en la planificación y diseño estratégico de las políticas antes de su implementación. La cocreación por su parte se centra en la construcción colectiva de soluciones y en decisiones de carácter estratégico, más que en la ejecución directa del servicio (Brandsen et al., 2018). En el caso analizado, los servicios derivados del Programa departamental de Barrismo constituyen un ejemplo de cocreación y coproducción de políticas.

En los apartados siguientes se examinará el caso de la Banda Tricolor que permite ilustrar y profundizar esta propuesta teórica a un anclaje empírico. Este caso permite observar en la práctica como se configura una implementación cocreada y coproducida desde abajo, así como las tensiones y potencialidades que conlleva esta forma de intervención pública. Para el caso particular, en Colombia, algunos de los grupos organizados de barras de fútbol decidieron agruparse para darle paso a pactos por la convivencia, alto a la violencia futbolera y a entender toda su potencialidad como movimientos que incidentes en la arena social y política entendiendo que trabajando en conjunto van más allá de la tribuna y el calor de la expectación por noventa minutos de juego como veremos a continuación.

Algunos antecedentes del barrismo social colombiano

En Colombia, la violencia asociada al fútbol y los conflictos entre barras no pueden entenderse de forma aislada, pues son parte de un contexto social y político más amplio. Entre 2000 y 2020 se reportaron más de 210 muertes relacionadas con el fútbol (Castro, 2020), a este panorama se sumó un segundo factor: un “contexto país”, que, además de la condición de la violencia entre los grupos futboleros, se conjugó con críticos episodios de violencia estructural fuertemente demarcados por parte de las fuerzas armadas, guerrillas, paramilitares y grupos delictivos comunes, entre tantos, que, en el proceder de su accionar y en las tensiones del contexto de los 2000 derivaron en prácticas de persecución, represión y pérdida de vidas en esta coyuntura de los primeros años del nuevo milenio. Un caso emblemático en particular remonta a mayo del 2002, específicamente en la zona antioqueña de Cisneros, que presenció el cruce de dos excursiones de barras, una de “Los del Sur” del Atlético Nacional de Medellín, que disponían su viaje hacia Bucaramanga y la otra que realizaban integrantes del “Disturbio Rojo” barristas del América y que regresaban de Medellín después de un partido disputado. Dadas las condiciones climatológicas y de terreno, en un trancón por derrumbo, cerca de la jurisdicción del Municipio de Santo Domingo (en Antioquia) sucedió lo siguiente:

Uno de los dos buses que transportaba a los hinchas del América alcanzó a los cinco vehículos que movilizaban a los del Nacional […]Allí se armó una gran pelea entre muchachos que se bajaron de los dos automotores. Cuando estaban en esa gresca pasó un carro e hizo una ráfaga con armamentos, informó el comandante de la Policía de Antioquia […] Juan Manuel Bermúdez, de 20 años, y Alex Julián Gómez, de 24, fueron alcanzados por las balas disparadas desde una camioneta que pasó y abrió fuego contra el grupo de hinchas que se hallaba en plena pelea, con puñales y palos, en medio de la vía, a la 1 de la mañana. (El Tiempo, 2002)

Esta situación reflejó la conjugación de los matices de la realidad colombiana, ya brevemente descrita, siendo testigo de episodios profundamente violentos, cruzados y vinculados entre las diferentes facciones, por una parte, la violencia entre barras y por otra, la violencia estructural que también había permeado a los colectivos producto de este contexto país. Esta combinación permitió de entrada identificar que las fronteras desde lo deportivo, lo político y lo social, son porosas, es decir, no son rígidas, ni cerradas, como una línea difusa, permeable en donde elementos de un ámbito con facilidad se filtra o atraviesa a otros.

En el revés del antecedente que, a partir del dolor, la pérdida, la reflexión sobre el sentir y el vivir, además de la dinámica colectiva de buscar mejores condiciones individuales y grupales, el padre de Bermúdez Nieto y otros barristas, empezaron a gestar formas alternativas de organización con propósitos más encaminados, en un ejercicio por la búsqueda de la resignificación y los acercamientos con sus semejantes. En esta intención principalmente por salvaguardar la vida, además de poco a poco dimensionar su potencia como movimiento, las barras adquirieron el compromiso de que trabajarían por aquello a lo que denominaron: “Barrismo Social”, y fue la Fundación Juan Manuel Bermúdez Nieto, también nacida de este proceso, conformada por familiares y barristas, una de las precursoras a nivel nacional. En sus comienzos no se dimensionaron los alcances que este movimiento adquiriría con el paso del tiempo, pues era impensable que las barras trabajasen por algo más allá del fútbol, no obstante, aunque en la actualidad la Fundación ha centralizado parte de sus procesos y su accionar ha adoptado nuevas formas organizativas, en este primer impulso fundacional no se puede negar ni desconocer todo el trabajo por los acercamientos, los pactos y los arraigos hacia la construcción de una memoria colectiva del barrismo social en Colombia.

En años posteriores y tras algunas reuniones operativas que poco a poco también tomaban fuerza y atención desde el ámbito institucional, los encuentros entre barras, los pactos y el trabajo por un barrismo social, cada vez más trascendían el territorio nacional, consolidándose en 2006 el primer “Colectivo Barrista Colombiano”, del que participarían más de 15 barras en Colombia, reunidas para potenciar y rescatar lo heterogéneo de cada una y lo positivo de sus entrañas, además de pactar por la no agresión y el diálogo (Arroyo, 2013). Este proceso de movimiento (Melucci, 1980), con metas, objetivos en común, primacía de la solidaridad e identidades construidas alrededor de sus territorios, equipos y colectivos, logró sostenerse en el tiempo, retomando las bases construidas para consolidarse desde 2019 como “Barras Colombianas por la Convivencia” del que participan 17 agrupaciones de forma activa tanto a nivel interno regional como a nivel nacional en diferentes actividades encaminadas al barrismo social, siendo La Banda Tricolor al suroccidente colombiano una de las más representativas (Ramírez y Salazar, 2021). Como se verá, si bien desde las bases esta unidad del movimiento ha sido importante en el proceso de consolidación, también la institucionalidad ha incidido de manera latente en esta construcción de nueva forma de barrismo en Colombia.

Lectura ágil del barrismo social desde la institucionalidad

Dado que ya existen trabajos que han documentado la consolidación del barrismo social en Colombia (Arroyo, 2014; Castro, 2024; Salazar, 2019; Villanueva, 2014; Ramírez y Salazar, 2021), aquí solo se retomarán algunos hitos de mayor trascendencia. Desde 2003 se reconocen antecedentes ligados a un enfoque securitista, en los que las barras eran concebidas como antagonistas a controlar. Con el surgimiento del barrismo social, parte de estas experiencias empezó a inscribirse en la agenda pública e institucional, dando lugar a iniciativas jurídico-formales orientadas a erradicar la violencia en el fútbol y a reconfigurar la relación entre Estado, clubes y barras.

La Ley 1270 de 2009 fue un hito en esta dirección al crear la Comisión Nacional para la Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol (CNSCCF), liderada por el Ministerio del Interior y asesorada técnicamente por Coldeportes. Esta instancia se estableció como órgano asesor del Gobierno Nacional para formular e implementar políticas, planes y programas de seguridad, comodidad y convivencia en los espectáculos futbolísticos. A partir de ella se crearon las Comisiones Locales para la Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol (CLSCCF), coordinadas por las alcaldías y encargadas de adaptar estas directrices a cada municipio o distrito. En dichas comisiones participan entidades institucionales y delegados de barras organizadas, con funciones como diseñar planes de acción, coordinar la actuación de la policía comunitaria, registrar incidentes violentos y actualizar información sobre miembros de las barras, así como fomentar la participación democrática en los clubes profesionales. La ley, así, no solo definió un marco normativo de seguridad, sino que abrió espacios formales para la inclusión de colectivos de hinchas en la construcción de estrategias de convivencia y cultura deportiva (Ley 1270 de 2009, 2009). En el mismo periodo, el Ministerio de Cultura, durante el gobierno de Juan Manuel Santos (2010–2018), elaboró en 2010 un “Documento poblacional sobre el barrismo en Colombia”, donde se acuña explícitamente el término barrismo social. Allí se lo entiende como una apuesta por “redimensionar las formas de expresión y las prácticas de los barristas que inciden negativamente en los ámbitos individual, de las Barras de fútbol y en la comunidad, así como a potenciar sus aspectos positivos” (Plan Decenal de Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol, 2014–2024, p. 25). En 2012, en respaldo a estos procesos, se expidió el Decreto 1007 de 2012, que adoptó el Estatuto del Aficionado como herramienta para promover la seguridad, comodidad y convivencia en el fútbol profesional y aficionado, y como complemento normativo a la Ley 1270 de 2009, reafirmando sus disposiciones. La consolidación más importante de estas apuestas es el Plan Decenal de Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol (2014–2024), política pública pionera a nivel mundial que retoma buena parte de la Ley 1270 de 2009 y reconoce a los y las barristas sociales como sujetos de derechos y deberes. El Plan define el barrismo social como:

Acciones encaminadas a redimensionar las formas de expresión y las prácticas de los integrantes de las barras de fútbol que inciden negativamente en los ámbitos individual, comunitario y colectivo, y de potenciar los aspectos positivos que de la esencia del barrismo deben rescatarse. Esta propuesta se fundamenta en procesos formativos tales como el diálogo de saberes, que recogen valores sociales, normas, creencias, ideales y sentimientos, y le permiten a los barristas resignificar la realidad que los sumerge en su pasión por el mundo del fútbol, y asumir así su identidad como sujetos sociales y participativos (Plan Decenal de Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol, 2014-2024, pp. 7-8). Estas definiciones y disposiciones buscan transformar las dinámicas internas de las barras, promoviendo la participación consciente, la responsabilidad social y la construcción de vínculos positivos con la comunidad, a través de procesos formativos y diálogos de saberes que permitan resignificar la experiencia barrista e impulsar identidades juveniles como sujetos sociales. Más recientemente, este camino ha llegado incluso a la creación, en el Ministerio de la Igualdad, de una Subdirección de Barrismo Social, que reconoce institucionalmente la importancia del movimiento y su capacidad de incidencia social. Tras este recorrido, puede señalarse que, aunque el entramado normativo y programático resulta prometedor, sus efectos han sido dispares y, en muchos casos, menores a lo esperado, especialmente en ciudades capitales donde los procesos se han centralizado y burocratizado con mayor fuerza. Este artículo no profundizará en esa crítica, sino que centrará su atención en un caso particular del suroccidente del país, donde la centralización ha sido menos marcada y se han gestado experiencias significativas: el caso de Nariño, Pasto y La Banda Tricolor, hoy referente de barrismo social organizado con incidencia concreta en su territorio.

El referente empírico: La Banda Tricolor

En el suroccidente de Colombia, en la ciudad de San Juan de Pasto, La Banda Tricolor surgió en 2009 como un proyecto colectivo que buscaba vivir y experimentar el barrismo de manera distinta, tanto en la tribuna como en la vida cotidiana. Tras la separación de varios integrantes de la barra predecesora, el Atakke Massivo, por diferencias en la orientación del movimiento, se conformó un grupo autónomo con otro direccionamiento. Desde entonces, La Banda Tricolor se ha consolidado como la barra principal del Deportivo Pasto, destacándose no solo por la intensidad y creatividad de su presencia en la tribuna, sino por su compromiso social, humanitario y comunitario, con iniciativas que impactan principalmente a Pasto y, en algunos casos, a distintas regiones del país. Su trayectoria ha atravesado diversas etapas de transformación y consolidación que le han permitido posicionarse hoy como una de las organizaciones juveniles más reconocidas y valoradas en la ciudad, tanto por su presencia festiva en los estadios como por su incidencia en el tejido social del territorio. Como lo identifica Gabero, uno de los fundadores:

Ya existía el trapo de “La Banda Tricolor”, entonces siempre se ponía el trapo del Attake Massivo y el de La Banda Tricolor, que fue por el tema de la amistad con colegiales de Argentina, que esa amistad la hace “Folis”, que también es uno de nuestros fundadores y fundador también del Attake Massivo y este loco hace esta amistad allá en Argentina tipo 2008 […] y bueno, después lo que sucede es que los amigos que nos empezamos en conocer en diferentes canchas nos empezamos a agrupar, y el siguiente viaje fue a Pereira, que más o menos a ese viaje fue al que viajó la generación anterior de la barra y nosotros como nueva generación, ese fue el último viaje juntos con Attake Massivo y ya ahí pasó que el Pasto desciende, entonces eso en algún momento influyó […] Hasta ese momento lo que hacíamos era ubicarnos en la tribuna sur baja y el trapo de La Banda Tricolor quedaba encima nuestro y después nos hicimos a un lado y lo que hicimos fue llevarnos este trapo de La Banda Tricolor y pasa de ser un trapo a convertirse en un frente y ha sido hasta ahora nuestro nombre […] allí se conformó de todos los parches que fueron fundadores “Come ratas”, “Pucalpa”, “San Juan de Dios”, los mismos parceros del “Fuji eterno”, “Estrato Cero” que en ese momento eran “Marketalia”, el parche del “Popular”, “Maridiaz”, “Santa Mónica, los “PTK” “Pasión Tricolor”, los muchachos de los “Dos puentes”, con todos estos parches que nos empezamos a encontrar en otras canchas, empezamos a vivir en ese momento un barrismo que sí era muy diferente, era la fiesta del momento y pues claro, en plenos 15 o 16 años ya éramos un parche responsable, nos empezamos a encontrar y La Banda más que afianzar su crecimiento en norte, empezó a afianzar su crecimiento como amigos, de reunirnos a tomarnos unos tragos, de contar la historia, ya empezamos a conocer a nuestras mamás, ya empezamos a tener esas historias, anécdotas de viajes (Gabero, Comunicación personal, 22 de mayo de 2024).

En Pasto, además de los elementos descritos por Gabero, la configuración de este proceso se entrelaza con la particularidad de la región. La identidad pastusa está profundamente marcada por el amor territorial, por un sentimiento de pertenencia que trasciende lo deportivo y se arraiga en la historia, la cultura y las raíces andinas. El Deportivo Pasto no solo es el único equipo profesional del sur, sino un símbolo de resistencia y orgullo regional, convertido en patrimonio afectivo y cultural de un pueblo que ha sabido transformar la distancia geográfica y la exclusión histórica en fuerza colectiva (Jiménez, 2023). En esta esquina del país, donde confluyen herencias indígenas, campesinas y mestizas, el barrismo se vive como práctica de defensa de la identidad y acto de afirmación de lo propio frente a los centros de poder y las narrativas dominantes.

En este contexto, el barrismo se vive distinto porque se alimenta del vínculo con la tierra y del lugar central de “su gente para su gente”. La Banda Tricolor no solo anima al equipo, sino que sostiene una red de vínculos, afectos y compromisos comunitarios que la vuelven social en su esencia (Ramírez y Salazar, 2021). Para sus integrantes, la actividad barrista implica cuidar el territorio, proteger valores colectivos, respetar al otro y reafirmar la dignidad de un pueblo que ha hecho del fútbol un espacio de encuentro, resistencia y construcción social. Tal como lo señala Niño, otro de los barristas influyentes, “es posible ver en el otro no a un enemigo, sino a un distinto con el que podemos incluso prestar y compartir nuestro espacio” (Niño, Comunicación personal, 30 de marzo de 2024). Como se verá a continuación, estos valores se traducen en prácticas sociales, culturales y comunitarias que permiten que la barra se configure como movimiento social juvenil y se posicione como actor relevante en la definición de problemas públicos y en la coproducción de políticas en Nariño.

La Banda Tricolor construyendo desde abajo: acciones comunitarias y algunas expresiones de barrismo social

A partir de testimonios de barristas, archivos del Grupo Multidisciplinario de Estudios de La Banda Tricolor (2024) y rastreo de actividades en redes sociales, se constata que al menos desde 2014 la barra ha mantenido procesos continuos de trabajo comunitario, humanitario y artístico. Estos procesos han contribuido a redefinir el sentido del barrismo social en la ciudad.

En el plano territorial, el proceso “Pinta tu barrio” es emblemático: jornadas de limpieza, recuperación de espacios públicos y elaboración de murales con los colores del equipo, la ciudad y la barra (amarillo, azul y rojo). Las intervenciones se han multiplicado por tantos sectores de Pasto que resultaría titánico contabilizarlas, pero en conjunto muestran cómo la barra resignifica barrios, plazas y calles, fortaleciendo la identidad local y generando espacios de encuentro y participación. En el plano solidario, actividades como Halloween Tricolor (31 de octubre), el Día del Niño y la Niña Tricolor (jornadas en abril) y la Navidad Tricolor (24–26 de diciembre) articulan recolectas de alimentos, juguetes y útiles escolares para niñas, niños y adolescentes de zonas rurales y periféricas, así como campeonatos deportivos y eventos recreativos. En estos espacios, la barra comparte regalos, comidas y juegos, convirtiendo el color y la masividad del colectivo en gestos de empatía y cuidado hacia la niñez cercana a la barra, hijas e hijos de barristas y habitantes del barrio o la ciudad.

La dimensión humanitaria se ha expresado también en contextos de emergencia. En 2015, la barra coordinó el recaudo de más de 5 000 litros de agua para la costa pacífica nariñense, concretamente en Tumaco, tras el derrame de aproximadamente 410 000 galones de crudo que dejó sin agua potable a cerca de 170 000 habitantes (Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, 2015). Más recientemente, alrededor de 30 barristas participaron en labores de logística, reubicación de habitantes, distribución de víveres y acompañamiento de familias afectadas por el desbordamiento de la Quebrada Guachucal, al suroriente de Pasto. En ambos casos, la barra fue leída por la comunidad como soporte esencial en la gestión de la catástrofe.

Estas iniciativas se articulan con una economía social y popular impulsada desde la barra. Emprendimientos de barristas han aprovechado la visibilidad del colectivo para fortalecer proyectos como La Tienda Tricolor 1949, espacio de hinchas para hinchas que produce y comercializa prendas y artículos de diseño con la identidad del equipo y de la comunidad barrial. A ello se suman restaurantes locales, servicios técnicos de sonido y electricidad, talleres de diseño o producción gráfica y pequeños comercios deportivos. La circulación de productos y servicios a través de canales internos de comunicación refuerza la cooperación económica dentro del colectivo y contribuye al tejido social del territorio.

En clave analítica, este conjunto de prácticas configura una construcción desde abajo que sostiene valores, creencias y convicciones de un movimiento que no olvida trabajar por su gente. No son actividades aisladas, sino parte de un proceso de identidad colectiva que vincula la pasión futbolera con la responsabilidad hacia el territorio y las personas. Estas acciones, además de fortalecer la cohesión interna, abren una agenda pública donde la barra aparece como actor capaz de generar valor social y, por tanto, digno de ser considerado en espacios de decisión. De este modo, la construcción desde abajo no solo mantiene viva la organización, sino que prepara el terreno para la participación en la formulación, implementación y adaptación de políticas públicas, evidenciando el potencial de una implementación bottom-up coproducida en la práctica barrial.

Experiencias de colaboración entre movimiento y otras instancias

Las acciones comunitarias y solidarias de La Banda Tricolor no quedaron encerradas en el barrio o en la tribuna. Con el tiempo, fueron llamando la atención de diferentes instituciones y abrieron la puerta a relaciones más estables con alcaldías, gobernaciones, universidades y entidades estatales. Lo que empezó como trabajo autogestionado se fue convirtiendo en un terreno compartido, donde la barra aportaba su experiencia, su lectura del territorio y su capacidad de organización, mientras las instituciones ponían recursos, normas y canales formales. Desde la lógica de la implementación “desde abajo”, estas relaciones muestran que la política también puede construirse desde la práctica cotidiana de los actores sociales, y no solo desde los escritorios.

De acuerdo con el Grupo Multidisciplinario de Estudios de La Banda Tricolor (2024), un paso clave fue la creación de la Fundación —primero Agualongo y hoy Corazón del Aguante— en 2012. La Fundación ayudó a ordenar lo que ya venía pasando en la barra y a tener una figura reconocible para sentarse a hablar con instituciones. A través de ella se abrieron espacios de práctica musical, se impulsó la formación académica y técnica y se gestionaron proyectos con la Alcaldía de Pasto, universidades, el SENA y la Defensoría del Pueblo. De ahí salieron iniciativas como la Escuela Social de Fútbol, la murga y Radio Barrista Tricolor, además de la participación en la logística del Carnaval de Blancos y Negros. Más que un simple requisito administrativo, la Fundación se volvió una bisagra: de un lado, la experiencia de la calle y del barrio; del otro, el mundo institucional con sus reglas y formatos.

Uno de los campos donde esta bisagra se nota con más claridad es el educativo. En un contexto como el colombiano, donde terminar el bachillerato o acceder a estudios superiores no es algo garantizado para todos, la barra ha insistido en que la formación sea parte del proceso. En 2021, varios integrantes culminaron el bachillerato con el apoyo de la Secretaría de Educación de Pasto. En años recientes, se sumaron diplomados construidos con la Defensoría del Pueblo Regional Nariño y, en 2023, con la Universidad Cesmag, la misma Secretaría y la Dirección de Juventud, que ofrecieron un diplomado en logística de más de 100 horas. Luego vino el Diplomado en Derechos Humanos con enfoque en barrismo social, organizado por la Fundación Corazón del Aguante junto con la Defensoría y la Gobernación de Nariño. No se trató solo de “ofertas” que llegaron desde afuera: la barra puso sobre la mesa sus necesidades, opinó sobre contenidos y acompañó la ejecución, mientras las instituciones aportaron acompañamiento técnico y certificación. Ahí se ve una coproducción sencilla pero concreta: las políticas educativas se ajustan un poco más a quienes normalmente no son considerados como prioridad.

Algo similar ocurrió con la formación técnica y tecnológica. Desde 2012, programas como “Jóvenes a lo bien” vincularon a jóvenes de la barra —y de barrios cercanos— a cursos del SENA en cocina, logística, deportes y otros oficios. En 2014 se abrieron programas técnicos en cocina, confecciones, diseño de modas y ebanistería; en 2015 se sumaron procesos en música; y en 2022 y 2023 la oferta se amplió hacia servicios farmacéuticos, administrativos en salud, sistemas, contabilidad, logística y más. Como lo deja entender Bartolomeo, integrante y uno de los referentes de la barra:

Como nosotros decimos “Somos la Ciudad”, tenemos que estar educados, tenemos que ser políticos y ser solidarios ¿no? Porque estamos en todas las comunas de la ciudad. Fui el primero en abrir un curso en el SENA que se llama “Jóvenes a lo bien”, metimos 200 pelados de la barra al SENA, en el SENA hubo pelados que salieron, aprovecharon la oportunidad y ahorita más de uno tiene sus negocios, más de uno de la barra tiene su negocio propio […] les daban técnicos, todo, hacíamos los exámenes, se los capacitaba, se les daba clases ¿sí? Y no solo fue a la barra, sino que se pudo extender a los demás barrios que se podía dar la mano ¿no? Llegó mucha gente (Bartolomeo, Comunicación personal, 27 de mayo de 2024).

La frase “somos la ciudad” resume bien cómo se articula la identidad barrista con estas apuestas: no se trata solo de aprovechar una oferta estatal, sino de usarla para abrir camino a otros jóvenes del territorio.

En 2022 nació la Escuela Social de Fútbol Tricolor F.C., pensada inicialmente para jóvenes con pocas posibilidades de acceso a educación física, recreación y deporte. La idea fue sencilla y a la vez potente: usar el fútbol para trabajar el tiempo libre, alejar (en lo posible) el consumo de alcohol y otras sustancias, y sumar contenidos de historia local, barrismo social y habilidades emocionales. Para 2025, la Escuela se había ampliado a mujeres, niñas y niños, y se había convertido en un espacio inclusivo que dialoga con políticas de juventud, educación y deporte. La barra ya no aparece solo como público del espectáculo, sino como actor que piensa y construye una propuesta deportiva con sentido social.

La comunicación también se volvió un campo de alianza. Radio Barrista Tricolor, integrada por más de cuatro barristas con experiencia en comunicación, funciona con el apoyo de una universidad que presta cabinas y equipos. El programa combina relatos de los partidos y de la vida barrista con campañas comunitarias, anuncios de actividades sociales y cobertura de procesos movilizatorios. En la práctica, la radio sirve para dos cosas a la vez: consolidar la identidad de la barra y disputar el discurso hegemónico que siempre asocia barrismo con violencia. Es un espacio donde el colectivo conversa con la ciudad y con las instituciones en otro tono.

La murga cierra este recorrido. Ensayos periódicos, formación musical, presentaciones en la Plaza de Nariño en 2021 o junto a la Orquesta Sinfónica de Nariño y la Secretaría de Cultura en 2024, donde se mezcló música de cancha con ritmos tradicionales y música clásica. Más allá del espectáculo, estas experiencias muestran cómo el arte barrista se articula con las políticas culturales y educativas, y cómo la hinchada se convierte en sujeto cultural reconocido por las instituciones.

Todo esto se proyecta también a escala nacional. La Banda Tricolor ha sostenido pactos de no agresión con cerca de 17 barras de diferentes equipos del país y se ha convertido en un referente cuando se habla de convivencia barrista. En 2022 organizó el 2° Congreso Nacional de Barras Colombianas por la Convivencia y el 1° Encuentro Nacional de Mujeres Barristas, con más de 23 barras participantes. Se trabajaron temas como atención al visitante, enfoque de género, Derechos Humanos, medio ambiente, proyectos políticos y procesos deportivos y artísticos. En ese marco se discutió también un Proyecto de Ley de barrismo social, con la presencia de congresistas, representantes del gobierno y la vicepresidenta Francia Márquez. Hacer de Pasto una plaza futbolera a la que hinchadas visitantes se desplazan constantemente sin mayores temores y con las garantías de vivir un fútbol en paz ha sido un logro notable. Como lo señalaba (en una entrevista pública) Buber otra cara visible de la barra:

Los procesos de paz no solamente son esos procesos con las fuerzas armadas, con los grupos ilegales, sino que miren realmente la paz que se construye en un país. La paz en el fútbol se está viviendo, la transformación en el barrismo se está dando y parce, estamos aquí para construir un mejor país […] fortaleciendo en colectivo y metiéndoles el chip a la gente de que a la cancha los violentos no vienen, a la cancha a lo que se viene es a la paz, a la alegría, a alentar al equipo y sobre todo a representar la ciudad. Esto es más grande como te dije parce que los procesos de paz de los que se hablan burocráticos, estos son realmente los procesos de paz porque en el barrismo hay mucha problemática y nosotros mismos lo estamos solucionando. (Buber, 2022)

En este recorrido, La Banda Tricolor no solo ha tejido proyectos y alianzas, sino que también ha ido ganando terreno en el campo de la representación política y administrativa. Varios de sus integrantes han sido elegidos como consejeros de juventud en el municipio, otros han asumido cargos técnicos o de coordinación en secretarías y subsecretarías, y hoy incluso hay figuras como la del “alcalde nocturno”, vinculadas directa o indirectamente al proceso barrista, que participan en la gestión de la seguridad y la convivencia en la ciudad. Esto significa que la incidencia ya no se juega únicamente desde afuera, presionando a la institucionalidad, sino también desde adentro, ocupando espacios de decisión y abriendo grietas en las formas tradicionales de gobernar. En términos de la relación entre movimientos sociales y políticas públicas, puede leerse como un doble movimiento: la barra sigue actuando en el territorio, en la calle y en la tribuna, pero al mismo tiempo coloca cuadros propios en escenarios donde se definen agendas, recursos y prioridades. Esta combinación de presión externa y presencia interna crea las condiciones para que la coproducción deje de ser solo un discurso y se convierta en una posibilidad concreta, preparando el terreno para el paso siguiente: la construcción conjunta del Programa Departamental de Barrismo Social: Latidos de pasión y paz en Nariño. Como lo señalaba Lucho, barrista y Alcalde Nocturno de Pasto:

Los chinos camellan, lo que se quiere es mandar ese mensaje y hemos logrado dar a conocer los buenos muchachos que son y con eso, se les está abriendo oportunidades en la Alcaldía para que ellos decidan estudiar y vayan por el camino bien, date cuenta de que hace tiempo ya no hay una pelea en el estadio, de que se han logrado articular las cuatro barras que eran de aquí y ya tener a Estrato Cero, La Banda, yo creo que eso es algo bonito y en lo que hay que seguir trabajando. Verse con el alcalde, con el secretario de Gobierno, que puedan estar acá cuando antes éramos excluidos de eso, eso nos motiva para aportarle a la ciudad, toca seguir trabajando y demostrarle la ciudadanía, que tenemos gente inteligente, gente muy profesional, eso hay que irlo mostrando para que la gente se quite ese estigma del barrista también […] venimos de abajo y podemos aportarle a la ciudad (Lucho-Alcalde Nocturno, Comunicación personal, 09 de abril de 2024). Con lo entendido, desde la teoría de los movimientos sociales, este desplazamiento puede leerse como la consolidación de un actor colectivo que aprovecha oportunidades, enfrenta restricciones y reconfigura el modo en que es definido por otros. Y, desde el enfoque de implementación bottom-up, muestra las condiciones previas para que un movimiento barrista llegue a coproducir una política pública: antes de Latidos de Pasión y Paz, ya había un trabajo de fondo donde se aprendió a hablar con instituciones, a traducir demandas y a proponer soluciones desde la experiencia local.

Latidos de pasión y paz: La Banda Tricolor construyendo políticas desde el barrismo social en Nariño

El punto más alto de la trayectoria de La Banda Tricolor, al menos hasta ahora, es su participación directa en el diseño y puesta en marcha del Programa Departamental de Barrismo Social: Latidos de Pasión y Paz en Nariño. No se trata solo de “entrar a la agenda pública”, sino de algo más profundo: convertir una experiencia barrista sostenida en el tiempo en un instrumento de política pública, pasar de la pura autogestión a un escenario de cocreación y coproducción con la institucionalidad. En este proceso se cruzan los parches de la barra, la Fundación Corazón del Aguante y los equipos técnicos de la Gobernación y la Alcaldía, que durante meses trabajaron para traducir demandas, aprendizajes y prácticas en un documento con peso territorial y operativo.

Buena parte de lo que hoy recoge el Programa se venía gestando desde abajo. Acciones solidarias, proyectos educativos, iniciativas culturales y dispositivos de convivencia dieron forma a un repertorio de acción que ya se sostenía por sí solo, con base en la organización interna y en la identidad colectiva barrista. Lo que cambia con Latidos de Pasión y Paz es el lugar que ocupa todo ese acumulado: lo que antes eran acciones dispersas y, en su mayoría, autogestionadas, se ordena ahora en una ruta formal donde la barra aparece como sujeto que propone y ejecuta política, y no solo como población beneficiaria. En términos de Melucci (2002), la identidad colectiva deja de ser únicamente un principio de cohesión interna y se convierte también en una credencial de entrada al campo de lo público: la barra es reconocida como actor con capacidad de organizar, planear y representar.

El recorrido que desemboca en el Programa no nace de una decisión repentina de las instituciones, sino de una cadena de hechos y aprendizajes acumulados. Entre 2020 y 2021, La Banda decidió dar un paso que ya venían ensayando otros movimientos en Colombia: construir un Plan de Vida del Barrista, inspirado en los planes de vida de organizaciones indígenas y étnicas. Se convocó a representantes de distintos parches y comités —facción femenina, murga, Derechos Humanos, comunicaciones, expresiones artísticas, comunidad universitaria barrista y grupos juveniles interesados en educación, empleo y participación— para pensar juntos la historia del movimiento, sus problemas y sus horizontes. Las reuniones, que se extendieron por varios meses, sirvieron para escribir borradores, ordenar prioridades y fijar unas primeras líneas de acción. El resultado fue una carta de navegación propia, hecha desde la experiencia y el lenguaje de la barra.

A partir de 2023, ese Plan de Vida empezó a dialogar de manera más intensa con el mundo institucional. La barra, en articulación con la Fundación Corazón del Aguante y el Grupo Multidisciplinario de Estudios, se sentó con equipos técnicos de la Gobernación de Nariño y de la Alcaldía de Pasto. El trabajo no fue menor: cerca de cuarenta documentos entre borradores, matrices y versiones corregidas; más de veinte reuniones con funcionarios; una pequeña oficina en la Alcaldía que se convirtió en centro de operaciones para redactar, revisar y ajustar el texto. Día a día, se fue pasando de un lenguaje barrial a uno de planeación pública, sin perder el sentido original de las propuestas. En este tránsito se ve con claridad lo que Hjern (1982) planteaba para el enfoque bottom-up: los problemas públicos no se agotan en cómo los define el sistema político, sino que se reconstruyen a partir de cómo los viven y los trabajan los actores que están en el territorio.

Ese trabajo compartido fue dando forma a una configuración híbrida. El Plan de Vida dejó de ser solo un documento identitario y se volvió también un ejercicio de formación en política pública y gestión comunitaria. Mientras la barra aportaba su conocimiento situado —su lectura de la violencia, de la convivencia, del fútbol y de la ciudad—, las instituciones ofrecían criterios técnicos, marcos normativos y rutas administrativas. Visto desde la literatura sobre políticas públicas, el proceso dialoga con lo que López Leyva (2012) describe como la incidencia de los movimientos en el ciclo de las políticas: aquí no solo se logra colocar el tema en la agenda, sino que se interviene en la formulación (definición de objetivos, líneas de acción, metas) y, más adelante, en la implementación. Del lado de Gómez Ramírez y colegas, la experiencia puede leerse como un caso de diseño multiactor en clave territorial, donde saberes técnicos y saberes locales se encuentran en un mismo instrumento programático. En 2024 y 2025, el Plan de Vida se transformó definitivamente en el insumo central del Programa Departamental de Barrismo Social: Latidos de Pasión y Paz, incorporado al Plan de Desarrollo Departamental 2024–2027 “Nariño, Región País para el mundo”, dentro de la Estrategia “Recreación y Deporte: motor de la convivencia pacífica” y en el marco del Programa “Deportes para la Construcción de la Paz Territorial”. El propio plan adoptó como producto la implementación del Programa de Barrismo Social, con una meta inicial de 131 beneficiarios directos, respaldada también por los planes de desarrollo municipal y departamental de Pasto y Nariño. Esta inclusión cierra un ciclo —el de la pura autogestión— y abre otro: el de la cocreación y coproducción institucionalizada, donde el Estado deja de limitarse a entregar apoyos fragmentados y reconoce a la barra como socia en el diseño y la ejecución Desde la perspectiva de Vélez Rivera (2015), lo ocurrido en Nariño puede entenderse como una rectificación del sentido territorial de la acción estatal: al abrir espacio a un movimiento juvenil popular, se modifica quién habla, quién propone y quién gestiona en nombre del interés público. La Banda Tricolor pasa de ser objeto de políticas securitistas a ser sujeto que formula, implementa y evalúa, en diálogo con funcionarios, técnicos y autoridades. En términos de movimientos sociales, se consolida así un actor que, aprovechando oportunidades y resistiendo estigmas, reescribe en la práctica la categoría de “barra brava” y la desplaza hacia la de barrismo social con capacidad de intervención institucional.

Esta inclusión, respaldada además por los Planes de Desarrollo Municipal y Departamental de Pasto y Nariño, representa el cierre de un ciclo y el inicio de otro: el paso de la autogestión barrista a la cocreación y coproducción de política pública. En este sentido, la experiencia de La Banda Tricolor ejemplifica la implementación bottom-up, demostrando que las políticas pueden construirse desde abajo a partir del reconocimiento mutuo entre Estado y comunidad, resignificando el papel de las barras como actores legítimos de convivencia, liderazgo juvenil y construcción de paz territorial. Como lo señala Gareca, barrista activo, referente y hoy coordinador oficial del programa:

Dentro del proceso del programa departamental de barrismo, hay que aclarar que era una idea muy avanzada, yo lo único que hice fueron las gestiones internas, a moverme, a hacer el recordatorio de que el programa responde a una acción organizada […] responde a tres fases: la primera saldrá para este año 2025 en un proceso de diagnóstico de necesidades y de caracterización de todas las barras del departamento de Nariño, la segunda saldrá para el 2026, después de recolectar y analizar esta información para llegar con la aplicación de los diferentes proyectos consolidados a los diferentes territorios y al trabajo conjunto y la tercera para 2026 y 2027 con la aplicación de otros más y el balance general […] A mí la vida me dio la oportunidad y el voto de confianza, y yo lo que hice simplemente fue potencializar todo eso, esa gestión de la gente que trabajó en el documento base para que los que hoy estamos presentes y en cabeza de esto tengamos la potestad de decir lo fuerte que es el movimiento, La Banda y el barrismo social. Luchar y seguir con el proceso de la coordinación del mismo, estamos luchando porque nosotros fuimos quienes sacamos este proceso y la gestión del mismo, sentándonos hoy con entes que antes no nos alzaban o nos miraban por el hombro (Gareca, Comunicación personal, 16 de mayo de 2025)

Con todo lo expuesto, el caso de La Banda Tricolor da cuenta del trabajo por un objetivo: mostrar cómo las políticas públicas también pueden nacer desde abajo, impulsadas por la acción organizada de la gente y por su capacidad de dialogar con las instituciones sin perder autonomía ni sentido colectivo. Este recorrido, que va desde la autogestión barrista hasta la cocreación y coproducción institucional, demuestra que la constancia, la confianza y el trabajo conjunto pueden abrir caminos que antes parecían imposibles. El Programa Departamental de Barrismo Social representa justamente eso: una oportunidad para seguir transformando realidades, para que el compromiso y la entrega que durante años ha demostrado La Banda se multipliquen en nuevas generaciones y territorios. Hoy, en sus primeros días de ejecución formal, este programa encarna la esperanza de que los esfuerzos hechos sin esperar nada a cambio, puedan sostener políticas duraderas que mejoren la vida de muchas personas. Si algo enseña esta historia, es que construir desde lo común sigue siendo la vía más sólida para hacer del cariño por el territorio, la búsqueda por mejorar las condiciones y el camino de la convivencia y la paz una realidad compartida.

Hoy, el Programa Departamental de Barrismo Social se encuentra en fase de ejecución. Aún no hay una evaluación sistemática de resultados, pero sí se observa que las actividades previstas — proceso de caracterización barrista, formación, acciones comunitarias, articulación con otras barras del departamento— se han puesto en marcha con la barra al frente de la coordinación. La apuesta es que la experiencia de La Banda no se quede en un caso excepcional, sino que sirva de referencia para otros procesos en Nariño y en el país. Si algo deja claro este camino es que las políticas públicas pueden nacer desde abajo, cuando un colectivo organizado se toma en serio su propia historia, dialoga con la institucionalidad y logra convertir años de trabajo voluntario en una política viva, anclada en el territorio y sostenida por la gente que la hace posible.

Conclusiones

Pensar que una barra de fútbol puede construir tejido social, incidir en políticas públicas y aportar a la convivencia parecía, hasta hace poco, casi una provocación. El recorrido del barrismo social en Colombia y, en particular, el caso de La Banda Tricolor en Pasto muestra que esa posibilidad no solo es real, sino que se ha venido materializando desde un territorio periférico, con pocos recursos y mucho trabajo colectivo. Lejos de la imagen exclusiva de conflicto y violencia, la barra aparece aquí como un movimiento social juvenil que organiza solidaridad, construye identidad territorial y disputa sentidos sobre lo que significa ser hincha, habitante de ciudad y sujeto político.

El análisis desarrollado permite sostener que la implementación de políticas públicas no transita únicamente por canales formales, jerárquicos y centralizados. A partir de prácticas cotidianas —acciones comunitarias, iniciativas culturales, procesos formativos, redes de cooperación y economía popular— La Banda Tricolor fue construyendo una trayectoria que la convirtió en actor relevante para la institucionalidad local y departamental. En clave de Melucci (2002), la identidad colectiva de la barra operó como cemento que sostuvo la acción en el tiempo y como recurso para disputar su definición ante otros. Desde la perspectiva de la implementación bottom-up (Hjern, 1982; Pülzl y Treib, 2007), el caso muestra cómo los problemas públicos y las respuestas institucionales se redefinen en el terreno, a partir de la experiencia situada de quienes viven y trabajan esos problemas en primera persona.

El proceso que dio origen al Programa Departamental de Barrismo Social: Latidos de Pasión y Paz confirma que las barras de fútbol pueden convertirse en espacios de organización y liderazgo juvenil con capacidad de incidir en el ciclo de las políticas. La Banda Tricolor no solo logró colocar el tema del barrismo social en la agenda, sino que participó en la formulación de objetivos, líneas de acción y metas, y hoy coordina parte de la implementación del programa. En términos de López Leyva (2012), se trata de una influencia que recorre varias fases del ciclo de política, combinando momentos de incidencia propositiva con mecanismos de negociación y traducción de demandas. A la vez, siguiendo a Vélez Rivera (2014, 2015), el caso ilustra cómo un movimiento social logra insertarse en dispositivos de decisión estatal sin perder su anclaje territorial ni su carácter colectivo. El trabajo conjunto entre barra, Fundación Corazón del Aguante, Grupo Multidisciplinario de Estudios y equipos técnicos de la Gobernación y la Alcaldía materializa, además, lo que la literatura ha nombrado como cocreación y coproducción de políticas (Brandsen et al., 2018). La Banda aporta saberes locales, lectura del conflicto, repertorios de acción y capacidad de movilización; las instituciones contribuyen con marcos normativos, recursos, dispositivos administrativos y reconocimiento formal. El resultado es un programa público que no nace exclusivamente “desde arriba”, sino que se construye en diálogo con una trayectoria organizativa previa, condensada en el Plan de Vida del Barrista y en años de práctica solidaria y comunitaria. Este recorrido deja aprendizajes que van más allá del caso. Por un lado, muestra que el reconocimiento institucional de las barras no debe reducirse a su papel como “población en riesgo” o “factor de seguridad”, sino que puede ampliar su lugar como sujetos de derechos, de saber y de decisión. Por otro lado, subraya que las políticas más sensibles al territorio suelen ser aquellas que se abren a la negociación con actores locales y que admiten redefinir problemas, prioridades y estrategias a partir de la experiencia acumulada. En ese sentido, el caso de La Banda Tricolor tensiona los abordajes puramente securitistas del fútbol y aporta elementos para pensar políticas de convivencia, juventud y cultura menos punitivas y más participativas.

Al mismo tiempo, es importante reconocer los límites del estudio. El Programa Departamental de Barrismo Social se encuentra en una fase temprana de ejecución, por lo que todavía no es posible evaluar de manera sistemática sus resultados ni su sostenibilidad en el mediano plazo. Además, el caso analizado corresponde a una experiencia particular —una barra con un fuerte anclaje territorial, una trayectoria organizativa larga y una institucionalidad local dispuesta a abrir espacios—, de modo que no puede generalizarse mecánicamente a otros contextos. Futuras investigaciones podrían profundizar en la comparación con otras barras, explorar con mayor detalle las desigualdades internas (por ejemplo, las tensiones de género y de clase) y seguir el rastro de los efectos concretos del programa en los distintos municipios del departamento.

Con todo, la experiencia de La Banda Tricolor invita a repensar la implementación de las políticas desde un enfoque más humano, territorial y participativo. Lo que aquí se ha documentado no es simplemente un “caso exitoso” de articulación institucional, sino la historia de un movimiento que, a punta de constancia, afecto por su gente y compromiso con su territorio, logró convertir años de trabajo voluntario en una política viva. En tiempos donde la desconfianza hacia lo público y lo colectivo parece crecer, el proceso narrado recuerda que las políticas también pueden nacer desde abajo y que, cuando se construyen sobre lo común, tienen más posibilidades de arraigar y mejorar la vida compartida.

Referencias

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Arroyo, V. (2013, 25-27 de septiembre). Colectivo Barrista Colombiano y Barrismo social. La estrategia de un grupo de interés para participar de la formulación de una política pública. [Ponencia] VII Congreso Latinoamericano de Ciencia Política (ALACIP), Bogotá. https://alacip.org/cong13/704-arroyo-7c.pdf

Blanco, M. (2012). Autoetnografía: una forma narrativa de generación de conocimientos. Andamios, 9, (19) 49-74. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-00632012000200004

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